La idea del hombre y la trascendencia religiosa
En toda época y en toda cultura encontramos una idea del hombre manifiesta en el arte, en la literatura, en las instituciones sociales; esa idea expresa lo que el hombre ve en sí mismo, lo que siente y quiere; lo que espera de los dioses o del destino o, como sucede en la época moderna, de lo que puede conquistar con el poder de su libertad creadora de la cual ha tomado posesión. La idea de aquello que significa ser hombre y del lugar que le corresponde por derecho, o debe ganar para si mismo en el mundo, ha pasado por diversas etapas.
Originalmente aparece en relación con las fuerzas de la naturaleza, las cuales despertaron en nuestros lejanos antepasados el sentimiento de fragilidad y vulnerabilidad. Los fenómenos naturales se presentaban tan terribles e incontrolables, que el alma del hombre primitivo personificó esos fenómenos dándoles el nombre de otras tantas divinidades. El puro temor no parece, sin embargo, suficiente para explicar el sentimiento de lo sagrado. Este sentimiento permite la intuición, sin duda muy viva en los primeros seres humanos, de un poder invisible y misterioso que alienta en el nivel más profundo de la naturaleza. Esa intuición se irá haciendo cada vez más espiritual, se irá despojando de elementos aleatorios hasta quedar formulada en los grandes sistemas religiosos. El monoteísmo y la idea de un Dios personal, pueden verse como la culminación del proceso que va del animismo al Dios único.
Pero el monoteísmo nunca hubiera podido darse sin la comunicación directa que conocemos como Revelación. Que Dios creó el mundo, que tiene un designio para el mundo y para el hombre y que a éste lo creó a su imagen y semejanza, haciéndolo libre para aceptar o rechazar a su creador, son cosas que ninguna filosofía podría haber descubierto con la pura razón.
En el dilatado período de predominio del espíritu religioso, no encontramos una antropología propiamente dicha, o sea como especulación autónoma. El hombre se piensa en sus vínculos con la divinidad, mismos que determinan lo que él es y lo que debe llegar a ser. La antropología, podría decirse, está inmersa en la teología, diluida en ella. En el primer plano está la divinidad objeto de adoración y, en completa dependencia de la divinidad, el hombre concebido como ser menesteroso, expuesto a mil amenazas imprevisibles. La antigua cultura hindú ilustra paradigmáticamente la actitud reverencial ante los poderes de la naturaleza, con una lista prácticamente inagotable de divinidades a todas las cuales se rendía culto y dirigían plegarias y bellos himnos y cantos.
El pensamiento griego: El nacimiento del logos y la perplejidad
Los griegos vieron con perplejidad el fenómeno de la vida, en particular de la vida humana. ¿Cuál es el origen de las cosas? ¿De dónde vienen? ¿Los seres tienen un origen común o diverso? En cuanto a los seres humanos: ¿Cómo llega el individuo a la existencia? Empezar a existir les parecía un delito a los primeros pensadores griegos, que deseaban entender racionalmente una serie de cosas y situaciones que con anterioridad simplemente se aceptaban. Fue el momento de la aparición del logos en el desarrollo de la cultura occidental. A esos primeros sabios (sophos), existir les parece algo insólito, inexplicable, propiamente un delito: El individuo paga con la muerte la impiedad de haber nacido, decía Anaxágoras. Reparemos en la profunda semejanza de la perplejidad de Anaxágoras con la de Heidegger, cuando hace la pregunta: «¿Por qué es más bien el ser y no la nada?» porque nada sabe del hombre, porque la posmodernidad dio la espalda a la tradición clausurando las vías de acceso a la trascendencia del ser Absoluto.
Los sofistas, la areté y la reacción socrático-platónica
Con los sofistas se torna evidente la existencia de problemas específicamente humanos. Fue mérito de ellos prestarles atención, asumiendo que podían resolverse mediante la enseñanza de la areté, término traducido como virtud, si bien con una riqueza de significados que desborda el contenido moral de dicha palabra. La areté para los griegos de ese tiempo significaba excelencia en múltiples sentidos del vocablo; abarcaba desde habilidades técnicas y manuales, hasta el dominio del arte de la dialéctica, útil para la discusión de los asuntos públicos en el ágora o la defensa de la propia causa ante los jueces, cuando se presentaba algún conflicto de interés.
El desarrollo económico, social y político de Atenas, fue el marco propicio para la aparición de esos maestros que cobraban a los jóvenes de las clases acomodadas por sus enseñanzas. Con sus planteamientos, los sofistas sentaron las bases para la discusión acerca del significado de la vida humana, sobre qué es y cómo debe vivirse la vida y si hay o no deberes que conciernen a los hombres por encima de los intereses individuales. Con sus provocativas enseñanzas, dieron la alternativa a las respuestas de Sócrates en primer lugar y después de Platón, discípulo de aquél. En confrontación con los sofistas surgieron grandes tesis filosóficas en ética, en teoría del conocimiento, en la psicología racional, en teoría política. Utilizando la razón, la filosofía se impuso el doble cometido de destruir el error de las falsas doctrinas y descubrir el reino de las verdades necesarias.
Ese descubrimiento fue la metafísica, la ciencia del ser o cómo también se le llamó, filosofía primera. Alcanzar el verdadero ser y las leyes que lo rigen constituye un saber fundamental y fundamentador, puesto que en él encuentran su base de sustentación las demás ramas del conocimiento. En la reflexión metafísica, el genio griego desplegó al máximo su potencia especulativa; en el breve plazo de aproximadamente dos siglos, de Parménides a Aristóteles, la metafísica llegó hasta donde la razón humana podía llegar por sí sola.
